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¿Cómo dirigir un equipo de fútbol base? (2)

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- El entrenador, en su función educativa, se preocupará por que esos niños crezcan hacia dentro –que se responsabilicen de lo que están viviendo- y crezcan hacia fuera –que sean capaces de relacionarse, comunicarse, con los demás, en el equipo.

- El fútbol, como otro deporte más, es competición. Por lo tanto, todo aquel que se dedique al fútbol, competirá.

- La tarea de dirigir a un equipo se convierte en transformar a ese equipo. Y más que mandar, de lo que se trata, en estas edades, es de transformar a esos niños, procurando sacar de ellos lo mejor de sí mismos.

- Dirigir a un equipo, corrigiendo sus errores, no se lleva a cabo mediante amenazas, castigos o voces destempladas, sino desde las razones que se exponen fundadas en la categoría humana y técnica.

- Relativizar los fracasos, en unas edades donde el error no tendría por qué ser motivo de enfado sino de estímulo para la mejora. No se trata de olvidar el fracaso, sino de darle su verdadero significado. Los niños y los jóvenes no lo saben todo, no aciertan en sus decisiones, tampoco conocen todas las claves a las que agarrarse para emprender su tarea con éxito.

- Razones, que a lo mejor no bastarán, luego, para ganar un partido, pero que fundamentan, al menos, todos los recursos necesarios para que en principio se obtuviera la victoria. Dirigir un equipo, acertadamente, no significa garantizarle el triunfo, sino dotarle de razones suficientes con que acercarse a esa posibilidad. No se trata de ganar un partido o una competición a base de razones, sino de ganar en madurez humana y futbolística.

- A los niños hay que ofrecerles el porqué de las cosas, hay que razonar lo que se les está enseñando, y hay que demostrarles, con la puesta en práctica de lo que se les enseña, que el fútbol se diseña en el pensamiento y en la acción. En la teoría y en la práctica, como lo llevaría a cabo cualquier profesor en cualquier otro campo del saber humano.

- Tarde o temprano, más bien pronto, la competición futbolística descubrirá todos los fallos que se hayan ido acumulando a lo largo de una deficiente preparación, y serán los futbolistas adultos, en su momento niños y jóvenes, quienes se descubran faltos de los recursos físicos, psíquicos, técnicos, más elementales, con los que hacer frente a sus nuevas obligaciones profesionales.

- Los resultados de todos y cada uno de los niños y jóvenes que forman un equipo quedan a expensas de lo que cada uno, según su desarrollo, pueda y deba ofrecer.

- Forzar la consecución de otro tipo de resultados no sería más que engañarse con el día de hoy, que por otra parte no quiere saber nada del día de mañana. Y supondría no resolver adecuadamente el proceso evolutivo de los niños.

- De todas formas, y reconociendo que enseñar desgasta, conviene que los entrenadores actualicen sus conocimientos, tanto teóricos como prácticos, para evitar, por ejemplo, que la reiteración de sus métodos de trabajo, o la oferta de los mismos contenidos, o su alejamiento progresivo de las publicaciones técnicas que sobre el fútbol van apareciendo periódicamente, los desmotivaran o los incapacitaran poco a poco para sus tareas futuras.

- Esta responsabilidad, o estos deberes de los entrenadores, para con el mundo de la familia, no merma en absoluto su capacidad de decisión por lo que respecta al ordenamiento de sus prácticas como enseñante y como máxima autoridad dentro del equipo. Y en este sentido todos deberían prestarle su apoyo incondicional, y en primer lugar los padres, que han confiado a su custodia todo el trabajo específico de la iniciación al fútbol. Lógica será por tanto la exigencia de los entrenadores de que los padres se mantengan al margen de estas tareas, y de que no se inmiscuyan en los procesos de aprendizaje.

- El respeto mutuo debe constituir una constante, sin resquicios, en las relaciones entrenador-familia. Cualquiera de las dos partes que faltara a este requisito, estaría haciendo un flaco favor a los niños, víctimas, en ocasiones, de los antagonismos escandalizantes de unos y otros.

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